miércoles, 6 de agosto de 2008

IX LA PELÍCULA (EL FLIM)

Aunque el periodo militar estaba en principio descartado para cualquier tipo de
avance hacia nuestros sueños, hubo un par de eventos inesperados que se produjeron
en este abúlico intervalo. El primero de ellos se llamó “Ikuska 13”, un documental
sobre la música vasca destinado al cine. Al igual que en esa genial película
de Woody Allen (“Desmontando a Harry”) en la que la policía detiene al protagonista
justo cuando le van a rendir un homenaje en una prestigiosa universidad, yo,
recién salido del calabozo, recibí una llamada del cineasta Imanol Uribe para formar
parte de un cortometraje.
Tuve que mirar varias veces al calendario para cerciorarme de que no era el día
de los inocentes. Hubo que hacer verdaderas virguerías para juntar a buena parte
de la banda durante un fin de semana pero finalmente logramos un buen apaño:
tres miembros originales y Javi Losa, que al fin y al cabo había grabado también en
el single. Para ello hubo que convencer a los militares de que se trataba de un trabajo en toda la regla y adjuntar documentos acreditativos. A nuestro bajista oficial Javi no le bajaron del barco de la armada ni con esas.
La experiencia supuso una jornada completa cargando con instrumental y
bafles por toda la margen izquierda en busca del “cojo-marco proletario incomparable”.
Hacíamos un “play-back” de “Ezkerralde” (“Margen Izquierda”), la cara B de
“Nahiko” (“Basta”), una visión delirante de la ya de por sí caótica ribera izquierda
del Nervión, que entonces se encontraba además en su cenit de degradación.
El ahora vitoreado director de fotografía Javier Agirresarobe, cargaba con los
inmensos bafles al hombro con una alegría y un donaire pasmosos. La mayor parte
de la mañana la invertimos en una operación complicadísima. Teníamos que
simular que tocábamos sobre una lancha en movimiento mientras ellos nos filmaban
desde otra que navegaba a la par. Ni que decir tiene que una tras otra las tomas
se iban desechando por los más diversos percances. Hubo aparatosas caídas de
músicos, un bafle hundido para siempre en las profundidades de la ría, un miembro
del equipo de filmación mareado y para colmo de males, los muelles se fueron
poblando de ociosos que de pronto, se veían obsequiados con un desternillante
espectáculo gratuito. Todo para nada. El único que salió contento de aquel disparate
fue el dueño de las lanchas que se llevó un inesperado fajo de billetes. Aquellas
tomas quedaron para siempre aparcadas en el olvido. La intención era buena: captar
simultáneamente a la banda y a su entorno industrial en movimiento, pero lo
que realmente aparecían eran cuatro pazguatos simulando interpretar un tema
mientras hacían aparatosos aspavientos para mantener el equilibrio sobre un
gasolino en marcha. Todo ello con un fondo de jubiletas partiéndose el culo de
risa: un vídeo ideal para “No me Pises Que Llevo Chanclas”.
La tarde fue mejor. Tras hacer una ruta turística por todos los recovecos imaginables
en busca del plano 10, hayamos unas escalinatas de las que penetran en la
ría –por tanto bien mugrientas– sobre las que volvimos a hacer el simulacro de que
interpretábamos la canción. A última hora se nos ocurrió proponer una visita a las
instalaciones portuarias que fue todo un éxito. Allí se registró la mayor parte del
“clip”. El equipo quedó tan encantado con la espectacularidad de los diques, que
meses después volvieron por allí para filmar escenas de “Adiós Muñeca” una de las
más flojitas películas del Uribe, con Ana Belén de protagonista.
Meses más tarde me llamaron para otra sesión del mismo trabajo, esta vez en
Donosti. Se trataba de captar los planos en los que varios músicos aparecíamos
dando nuestras opiniones. Me llevaron a un chalet del barrio de Aiete, allí tuve la
ocasión de conocer a Imanol y de verme de nuevo las caras con Amaia Zubiria, que
según me habían informado, tenía cierto mosqueo conmigo por un artículo de la
revista “Muskaria”. Lo cierto es que yo me había limitado a entrevistarla y a
extraer, con criterios periodísticos, el titular más llamativo y atractivo posible: “Si yo fuera Benito Lertxundi me suicidaría”. Bien, de acuerdo, estaba sacado de contexto pero es que cualquier titular es un trozo de conversación “sacado de contexto” ¿no? Vale, pasados los años hay que reconocer que fui un poco canalla, pero también es cierto que durante la entrevista Amaia me transmitió unas terribles
ganas de romper con el pasado, de superar tanto agobio y tanta música fúnebre y
trabajar en serio por una música vasca de calidad. Al parecer a Benito Lertxundi no
le hizo ni puta gracia y pidió explicaciones y ya se sabe, al final el malo es el mensajero,que busca sangre y bla, bla, bla.
El reencuentro con Amaia fue sin embargo de lo más jovial y ambos nos dedicamos
mayormente a tirar “pelillos a la mar”. A Imanol debí de parecerle muy imberbe
porque me estuvo hablando de King Crimson y de Jethro Tull como si
fuera evidente que yo no podría ni haber oído sus nombres.
Una vez más, salí del paso como pude. Cuando ahora, en alguna rara ocasión me
vuelvo a ver en aquel reportaje, jovencísimo y con una cara de susto que tira de
espaldas, balbuceando mis opiniones en euskara batusi, me dan ganas de abrazarme,
pobrecito mío.
Como era de esperar, aquel primer single dio sus primeros frutos durante nuestra
reclusión militar. Nos llamaban para tocar y Oskar Amezaga de Discos
Suicidas tenía que dar largas porque el grupo estaba diseminado por el mundo:
Ernesto sumido en una nube de kif, allá por el continente africano, Javi surcando
los mares en un destructor de la armada española, ridículamente disfrazado de
marinerito y yo, el más afortunado, formando parte de las “fuerzas de ocupación”,
concretamente limpiándoles todos los días unos wáteres donde ratas hercúleas
vivían a sus anchas. Salir a media tarde de aquel cuartel apestoso y encontrarme
con Donosti era un constante ejercicio de readaptación mental. En una misma ciudad
yo vivía dos vidas paralelas: en una era un pelele al que cualquier patán podía
ordenar que comiera mierda y en la otra era un ciudadano libre que podía degustar
pinchos de lujo, ver películas o contemplar atardeceres incomparables desde el
puerto. Otras supuestas “libertades” no eran tan alcanzables. Una ciudad con tantas
mujeres de infarto por metro cuadrado, a esa edad y en esos estados carenciales,
puede convertirse en una verdadera penitencia. Esa dicotomía entre las dos
maneras de vivir me llevó en cierta ocasión a estar hablando con guardias civiles
destinados en el cuartel por la mañana y corriendo detrás de ellos con los huevos
de corbata por la tarde. Cada vez que había “refuerzo especial”, caían por el cuartel
picolos que en realidad, vistos de cerca, eran puros chavales, querían ir de Rambos
pero pasaban mucho miedo y lo combatían a copazo limpio. No era de extrañar. En
el barrio de Egia fui testigo de cómo unas docenas de manifestantes hacían batirse
en retirada a una auténtica legión de guardias civiles con tanquetas y todo. Allí
mismo nació “Goazen Borrokara” (“Vamos a la Lucha”), crónica encendida de lo
que mis atónitos ojos vieron.
En aquellas excursiones vespertinas con mis camaradas Iñaki Montalbán y José
Muniain (¿dónde estáis cabrones?) también a veces me enteraba de lo que pasaba
por el mundo. En cierta gala final de la KORRIKA (carrera popular de relevos por
toda Euskal Herria para apoyar el euskara), en la Plaza de la Konsti, me entró un
tipo con sombrero de paja que me conocía por el single (algo inaudito en aquellas
fechas). Era Txanpi, batería de Hertzainak que me dio una noticia: estaban
organizando en Hernani un concierto “contra el fútbol” que querían hacer coincidir
con el Mundial 82. El primer Hertzainak-Zarama de una larguísima lista y
el único en el que pudimos ver a la formación gasteiztarra con su cantante original,
aquel Xabier Montoia que con el tiempo acabaría formando M-ak y convirtiéndose
en prolífico escritor euskadun, uno de sus poemas “Itxoiten”
(“Esperando”) sirvió de letra para una de nuestras mejores canciones, aunque no
de las más conocidas.
El pequeño inconveniente de aquel concierto era que a nosotros nos encantaba
el fútbol. El único que lo aborrece, Ernesto, no pudo obtener permiso para actuar
aquel día. Pusimos de sustituto a Tomás, batería de uno de los grupos que ensayaban
en el instituto –los Way– y apenas pudimos completar un ensayo con él. En el
periodo preciso en el que debíamos estar sacándole chispas al single (que había
sido bien recibido) estábamos perdiendo miserablemente el tiempo. Los
Hertzainak tenían superado ese problema. Unos habían terminado ya su “servicio
obligatorio a la patria” y otros se habían librado. Así que ellos ensayaban y ensayaban, se ponían al día en las últimas tendencias musicales y vivían la calle mientras nosotros hacíamos el imbécil en diversos cuarteles y en la cafetería “Koala”.
Aquel mundial de fútbol del 82, por si no lo sabes, fue “España 82”. La selección
española estaba plagada de jugadores del equipo que ganaba entonces la liga: la
Real Sociedad y en el cuartel, la opinión mayoritaria entre la masa soldadesca de la
España eterna, era contraria a esta práctica. La selección debía estar atestada de
jugadores del Real Madrid, como siempre. Este hecho sirvió de factor añadido en
el interés por el mundial y lamentablemente cada partido era un nuevo fiasco que
reforzaba las tesis tradicionalistas. El mundial de fútbol fue lo único que alteró,
durante toda la mili, la férrea disciplina horaria. Los partidos televisados consiguieron
lo que semanas antes habría parecido un sacrilegio: adelantar los toques
de corneta y sus sacrosantas formaciones de manera que todos pudiéramos disfrutar
del “furbo”.
Sin embargo, un hecho inesperado interrumpió bruscamente el disfrute del
mundial 82 en mi regimiento. Había un canario enorme de piel tostada al que los
aires “godos” del norte iban trastornando paulatinamente. Era hincha de Brasil,
pero hincha en toda la extensión de la palabra. Si se te ocurría hacer alguna bromita
al respecto te podía hinchar la cara a hostias sin la menor contemplación.
Brasil tampoco hizo un buen mundial. Tras perder por 3-2 contra Italia y quedar
eliminados, aquel pedazo de bestia la emprendió a puñetazos contra el televisor
hasta reventarlo. Os juro que es toda una experiencia contemplar la destrucción
artesanal de un aparato tan familiar. No hay mal que por bien no venga: por fin lo
libraron de la mili y nos libraron a todos de unas noches de auténtico pavor.
El día de la actuación coincidió con un electrizante Alemania-Inglaterra que
prometía maravillas. Yo me sentía fatal conmigo mismo, el resto del grupo lo llevaba
mejor. Txus opinaba que no era ninguna contradicción: “nosotros estamos
contra el fútbol utilizado para comer el coco, pero no contra el fútbol en sí”.
Siempre me ha pasmado la facilidad de Txus para encontrar argumentos auto convincentes.
Mi caso es justo el contrario. ¿Cómo coño íbamos a actuar en un festival
contra el fútbol y simultáneamente buscar como posesos un bar donde ver el
partido?
La vergonzante solución consistió en buscar una tasca perdida en lo más recóndito
de Hernani para poder ver el match en paz mientras ellos hacían la prueba de
sonido. El encuentro, por increíble que parezca fue de un aburrimiento demoledor,
ambos equipos se tenían tanto miedo que se encadenaron al centro del campo
hasta forzar el típico “cero a cero” formado por dos enormes bostezos. Pero lo peor
no fue eso, lo peor fue que Hertzainak acabaron irrumpiendo en el bar y sorprendiéndonos
mientras veíamos el partido de escaqueo. Nadie es perfecto. Ni
siquiera ellos, que pocos meses después ficharían a Gari, capaz de recitar de
memoria y sin el menor tropiezo la alineación completa del Athletic de Bilbao,
suplentes y masajistas incluidos.
A pesar de los muchos ensayos de ventaja que nos llevaban, aquellos
Hertzainak no destacaban tanto sobre nosotros. Se notaba, eso si, que estaban
más empastados, pero nosotros lo suplíamos con un show escénico más desmadrado
y parlanchín, que conseguía distraer al público de otras observaciones.
Meses más tarde me enteré por “Muskaria” de que habían echado al cantante y lo
habían sustituido por un legazpiarra llamado Iñaki Garitaonaindia, ¡hostias Gari!,
aquello no me cuadraba. Gari era militante del rock más cavernícola. Su banda de
origen rendía culto a las melenas, los chalecos y los guitarrazos distorsionados.
Hertzainak en cambio eran maniáticos de la modernidad y se manifestaban en
todas las entrevistas como enemigos del Heavy Metal y de las vacas sagradas del
rock. La vida, sin embargo, es más bien así. Lo que quizás nunca hubiera pasado
de ser un grupete bienintencionado pero minoritario, dio de pronto, quizá por
pura casualidad, con la piedra filosofal.
A poco de terminar la mili me llamaron para un concierto espectacular que
nunca se habría de repetir: Hertzainak, Zarama y Ziper en el frontón de
Legazpi. En un principio Gari iba a cantar con sus dos grupos, el original –que
intentaba renacer de sus cenizas– y el nuevo, pero finalmente los vitorianos, que
tenían clarísimas sus intenciones de comerse el mundo, llamaron al orden a Gari y
le invitaron a optar. No hubo dudas. Aquello fue premonitorio. Ziper apareció por
última vez sobre un escenario. Roberto, el guitarra pelirrojo, se había erigido también en obligado cantante pero se notaba demasiado la urgencia del cambio. Fue el
concierto agónico de una banda en desbandada. Después salieron los nuevos
Hertzainak dejando claras sus intenciones. Eran una bomba. Gari recorría el
escenario agarrado al pie de micro con un derroche de energía demencial. Tito
hacía unos dibujos preciosos al saxo y los otros tres: Txampi a la batera, Kike a la
guitarra y Josu al bajo y voces mostraban ya un nivel preocupante. Sólo les faltaba
el disco y este no tardaría en llegar. Los Hertzainak que vi en Legazpi, eran un
auténtico obús. Las letras originales en la garganta de Gari constituían una combinación letal.

4 comentarios:

levmishkin dijo...

Y ese corto ¿se puede ver en la red?

Roberto Moso dijo...

Se titula "Ikuska 13", la verdad es que yo lo he intentado y no lo he conseguido.

Lev dijo...

parece que la filmoteca vasca por lo menos tienen una copia.
¿no tienes contacto que te permitan usar su material para hacer algo con él para televisión?
como dicen en tu blog destacas por tu emotividad y sería una gran mirada sobre la margen izquierda de los 70-80. Fue un momento de cambio que creo que merece más interes desde la emotividad que desde la militancia. tú ocupabas un lugar muy especial que te permitía ver más cosas que a los demas.
vaya rollo, perdón.
por cierto que este libro me ha gustado más que el de los "sucedidos bastos"

nineuk dijo...

Pues me alegro hombre, especialmente por el hecho de que hayas leido los dos
(que paciencia la tuya) ;-)