lunes, 4 de agosto de 2008

introducción: "FLORES EN LA BASURA"


“Nosotros somos las flores en la basura / Una gota de veneno en tu maquinaria
humana”, le cantaban los Sex PIstols a la reina británica en “God Save The
Queen” (1977). Ellos creían que no había futuro y lo supieron decir tan fuerte y con
tanta repercusión que se ganaron un futuro bastante próspero. Hace poco he visto
Londres plagado de carteles publicitarios del “Museo del Rock” con Johnny Rotten
“prestando” su imagen para la promoción turística de ese pavoroso panteón del
rock & roll. Sid Vicious, que ni siquiera estaba en la banda cuando acuñaron la
frase, y una legión de seguidores “punks” que ya no están entre nosotros, la llevaron
hasta sus últimas consecuencias.
La vida de un ser humano es efímera e insignificante en el inabarcable océano del
tiempo, pero a poco que dure, es bastante lógico que experimente cambios e incluso
contradicciones. Cuando hace unos años, los Pistols volvieron a los escenarios,
se encontraron de pronto incapaces de asimilar la fiera que habían creado. Las
masas de jóvenes cabreados del 2000 asustaron a los líderes de la provocación del 77.
Pero los lamentables desvaríos posteriores no descalifican lo que supuso la
banda en su día. Tampoco la ristra de elepés infumables de Lou Reed, Bob
Dylan, Pink Floyd, Jethro Tull o Rubén Blades por poner algunos ejemplos,
arrancarán sus páginas en la historia de la música POP, ni mermarán su
importancia en la vida de aquellos que los idolatramos.
En aquel mismo año en el que los Pistols daban el campanazo, un grupo de amigos
de Santurtzi, en Bizkaia, se constituían en banda de rock. Era sólo eso, una
constitución formal, una especie de pacto sin mayor solidez que nuestra ilusión y
el reto de “a ver hasta donde somos capaces de llegar”. Ocurrió en verano, en el
patio de una cervecera con vistas a las grúas y “containers” del puerto autónomo
de Bilbao. Desde el principio quedó claro que los textos serían en euskara y que
haríamos rock & roll, sinónimo para nosotros de ruido, velocidad y algún tipo de
incordie a la autoridad.
Lo del idioma no respondía, como pudiera ocurrir en otros casos, a nuestra
expresión natural. Ninguno de nosotros lo sabíamos hablar. Sin embargo todos lo
apreciábamos, lo apoyábamos y en nuestras excursiones montañeras envidiábamos
a los niños bilingües con los que aspirábamos a entendernos algún día en euskara.
A menudo he tenido que lidiar con la misma pregunta pasmada: “¿Por qué en
euskara siendo de Santurtzi? Lo cierto es que, si se piensa detenidamente, no es
tan raro, ocurren cosas similares a menudo. El cubano más internacional era el
argentino Ernesto “Che” Guevara, el mayor exponente de la canción francesa era el
belga Jacques Brel y uno de los más traducidos escritores en lengua vasca es
Gabriel Aresti, que desarrolló toda su obra en el Bilbao del franquismo y aprendió
el idioma de adulto. A veces, la necesidad de superar sospechas y prejuicios para
ser reconocido en tu labor, hace que inviertas un plus de energía, que te esfuerces
el doble en sacar adelante tu proyecto y en resultar creíble. Es por eso, quizás, que
la mejor banda de rock de todos los tiempos sean los AC/Bon Scott/DC que no eran
británicos, ni yankees, sino australianos.
Tampoco nosotros éramos los únicos que vivíamos esa fascinación por la lengua
reprimida. Eran aquellos unos años en los que los muros de nuestro pueblo
estaban repletos de euskara sin que los artistas del spray supieran hablarlo.
La historia que he querido contar, y que tú y otros animosos lectores os habéis
atrevido a empezar, no pretende ser rigurosa ni enciclopédica. Otros trabajos han
penetrado en los aspectos biográficos y sociológicos de lo que fueron los locos años
80 y poco tengo yo que añadir. Lo que he querido relatar aquí es una visión en primera persona de una aventura que se desarrolla en un tiempo y en un lugar: la convulsa Euskal Herria de finales de los setenta y principios de los ochenta, de la juventud y sus zozobras, de nuestro esquizofrénico país, de la envidia y de la magia, que afortunadamente existe y nos hace concebir la esperanza de que todo esto no es un puto accidente en el que estamos todos fatalmente involucrados. Si todo esto no te convence, añadiré también que he tratado de escribir una historia entretenida.